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Relato: Babaliba y el Palacio de Hosmimumarack

El antiguo palacio de Hosmimumarack, hijo de Alabuabáh Mumarack, primo segundo por parte de padre de Rmmamumarach Abdulá Tomayá III, emergía de las arenas del desierto como una sombra amenazante, con sus muros desgastados por los años y el azote del viento. Johnny Jones avanzaba decidido hacia sus puertas, extrañamente abiertas, recordando su conversación con aquel pobre desgraciado que encontró días antes en una duna al borde de la muerte. Le ayudó a llegar a un oasis cercano y tras recobrar fuerzas, le contó las maravillas del palacio.

“Mi hermano me aseguraba que dentro, en unas mazmorras, yacía el mayor tesoro que uno puede imaginar. El Sultán tenía tratos con Díaz Ferrán, ya sabe…”

– Caramba.- se interesó Johnny.- La verdad es que no le haría ascos a unas cuantas cuentas en Suiza.

El hombre bebió de nuevo a pequeños sorbos una lata de Kas Naranja que acababa de mangar del chiringuito cercano (es lo que tienen los oasis hoy día, están la mar de equipados) y prosiguió su fascinante relato.


– Pero ahí no acaba la cosa, amigo, porque el Sultán tiene prisionera en sus aposentos privados a una bellísima princesa. Dicen que es una popular actriz, o una presentadora de varietés, un prodigio de lujuria y turgencia pectoral, de fascinantes cabellos dorados como la arena del desierto al alba.

– Tremendamente poético.- asintió Johnny.- Pero no entiendo a dónde quiere llegar contándome todo esto.

– Antes de que me encontrara me dirigía hacia el Palacio porque no sé nada de mi hermano. Está allí hace dos semanas y temo que le hayan hecho prisionero. Mi intención era rescatarle y hacerme con el tesoro y la fascinante mujer de enormes turgencias que…

– Basta, basta.- le interrumpió Johnny.- ¿Y entonces qué pinto yo?

El hombre abrió un Aquarius y antes de beber haciéndose el interesante, le lanzó su propuesta.

– Conozco a la gente. Usted es un aventurero, un hombre intrépido, y no me extrañaría que fuese alguna estrella del videojuego. En suma, le propongo que vaya allí y consiga todo eso por mí. A cambio, le daré la mitad del tesoro y podrá quedarse con la mujer. Mi hermano deberá estar intacto, por supuesto.

– ¿Y si me niego?

El kiosquero sacó una enorme cimitarra del mostrador, a la vez que aparecieron de la nada decenas de árabes enmascarados armados hasta los dientes con todo tipo de utensilios cortantes.

– Ya veo.- murmuró mirando al sonriente hombre misterioso.- Iré hasta allí, pero no sin antes exigir un pequeño adelanto.

– ¿Quiere cobrar dinero por adelantado?.- preguntó el hombre.

– Nada tan vulgar. Me refiero a una taza de Saimaza molido con leche, por supuesto.

Johnny se encontraba ya entrando en los míticos jardines de Hosmimumarack, famosos en toda Arabia por su exuberancia y por sus plantaciones ocultas de marihuana. Obviamente le estaban esperando: sobre él se abalanzó una horda de guerreros con sus grandes espadas y un cangrejo. Lo del cangrejo le tenía un poco perplejo pero consiguió concentrarse y librarse de sus perseguidores gracias a su habilidad en el combate, aunque en realidad les despistó ocultándose hábilmente tras una maceta. Tras un breve paseo deleitándose con los aromas de naranjos, limoneros y especias, encontró un guardia somnoliento custodiando una llamativa llave verde. Johnny revisó su arsenal de bolsillo: unas bombas de última generación que provocaban una detonación termal controlada y un colapso orgánico de cualquier especie viva que se encontrara en un rango de 256 x 192 píxeles. Lanzó una de ellas y se ocultó tras otra maceta, que sin duda tenía propiedades antitermales porque le protegió de la explosión perfectamente. En lugar del guardia sólo había una pequeña montañita de ceniza, entre la cual asomaba la llave verde.

Ya con ella siguió paseando por los jardines, rodeando unos muros decorados profusamente con azulejos de color celeste, hasta que se dio de bruces con otro cangrejo. Ciertamente hay pocos cangrejos en Arabia y no era cuestión de ponerse a pensar en el sentido de todo aquello, sobre todo cuando el crustáceo debía pesar ciento ochenta kilos y estaba ávido de carne humana. Johhny tuvo que salir por piernas hasta llegar a lo que parecía el final del laberíntico jardín, no sin antes echar mano de otra llave, en este caso de color violeta, que estaba en el suelo caprichosamente olvidada.

Johnny se sentó jadeante en una rica alfombra admirando el techado de madera, los tapices en las paredes y el musculoso guardián que se ajustaba el turbante preparado para abalanzarse sobre él. Sólo una habilidosa patada al mentón le libró de una muerte segura. El agresor perdió el equilibrio cayendo en una trampa cuidadosamente oculta y plagada de cocodrilos, que devoraron al desafortunado guardián en cuestión de minutos.

Johnny empezaba a estar cansado de aquello. Deseaba tener a mano un móvil para cantarle las cuarenta al hombre del desierto, que obviamente era muy consciente de que aquel era un lugar sumamente peligroso. Pero dado que aquello no le iba a resolver la papeleta, optó por imaginar dónde ocultarían a un hombre prisionero. Su conclusión fue brillante: en una cárcel de alta seguridad lo más lejos posible del Palacio. Pero le pareció más gracioso buscar alguna puerta que le llevara a los sótanos, porque su intuición le decía que allí encontraría alguna suerte de mazmorra tenebrosa en la que quizá tuviese la suerte de hallar al hermano de marras. Al fin y al cabo tenía que llevarlo intacto al oasis si no quería ver rebanado su cuello.

– Pscht… Eh, amigo.

La voz sobresaltó a Johnny, que esperaba poca conversación en el Palacio. Un pequeño hombrecillo con la cara cubierta con una raída túnica apareció de detrás de un cojín de seda.

– Es mala idea intentar robar al Sultán. El último que lo intentó acabó encadenado.

– También es una idea estúpida ir ocultándose tras cojines de seda, y no digo nada.- contestó Johnny, antes de decidir ser un poco más amable.- Eso del tipo encadenado me interesa. Le invitaría a una taza de café pero tengo prisa. ¿No sabe dónde se encuentra ese desgraciado?

La pequeña y encorvada figura dio media vuelta y tras un breve paseo por una oscura sala, señaló una puerta verde. Johnny la abrió fácilmente con una de las llaves. Cuando echó la vista atrás, su inesperado informante ya había desaparecido.

Bajó unos húmedos escalones sólo para encontrar un angosto pasillo repleto de arañas carnívoras gigantes.

– Al menos no hay cangrejos.- pensó, y arrojó varias bombas termales que de una forma muy efectiva le liberaron el camino.

Al final del pasillo encontró un hombre brutalmente torturado y amarrado al muro de piedra con unas cadenas. Levantó la cabeza.

– ¡Alabado sea Díaz Ferrán! ¡Ha venido usted a salvarme sin duda! Parece uno de esos aventureros de videojuego.

– Sí, sí, me lo dicen mucho.- contestó Johnny con fastidio mientras acercaba una cantimplora a la boca del ladrón.- Me envía su hermano, un tipo sumamente antipático si me permite decirlo.

– Sí, gracias, gracias. Debo ponerte sobre aviso: este lugar es muy extraño, el lugar de recreo de un loco. El Sultán es un desequilibrado peligroso, me metió aquí tras jugar conmigo como si fuese una marioneta.

– Voy a buscar en mi bolsillo a ver si encuentro algo para quitar estas cadenas.

Hurgó un poco en su pantalón, y un “bip” bastante familiar le advirtió de que acababa de cometer un error muy desagradable. De su bolsillo sacó una de las pequeñas bombas que mostraba una cuenta atrás de cinco segundos que avanzaba rápidamente, en concreto un segundo cada segundo. Johnny la soltó en el suelo para salir corriendo a toda velocidad.

La detonación fue tan efectiva como siempre: cuando volvió al lugar donde estaba el prisionero, sólo encontró un montoncillo de restos calcinados, aunque comprobó que al menos había conseguido romper las cadenas. Iba a tener que dar muchas explicaciones al tipo del oasis si quería conservar su vida y que le invitasen a otro café, por ese orden.

El ascenso por los diferentes pisos de palacio fue relativamente cómodo ya que descubrió que si aparecía un guardia en una posición inapropiada para su integridad física, le bastaba cerrar los ojos y volver a abrirlos para que el guardia apareciese en otra posición distinta, incluso fuera de su alcance. Incluso le funcionaba con los dichosos cangrejos gigantes. Cuando realmente no sabía ya a dónde dirigirse, escuchó una voz familiar.

– Pscht… Eh, amigo.

– Se está convirtiendo esto en una extraña costumbre.- señaló Johnny mirando al hombrecillo.- Tenemos que dejar de vernos así.

– Es usted muy gracioso, explorador, pero tras esa puerta morada se encuentra el tesoro, y quizá alguna cosa más no tan agradable.

Johnny miró con cautela la puerta que señalaba el hombrecillo, pero decidió que no había recorrido tanto camino para no atreverse a abrirla. La otra llave le facilitó la tarea. ¡Menuda manera de guardar los secretos de Palacio! Mientras subía por unos escalones de madera, el misterioso personaje volvió a escabullirse. No le sorprendió demasiado.

Otro pasillo volvió a aparecer ante él pero en esta ocasión con una pequeña variante respecto a la vez anterior: una enorme serpiente le bloqueaba el paso y estaba a punto de atacarle con sus enormes colmillos rebosantes de veneno. Si lanzaba su última bomba termal era bastante improbable que pudiese alejarse a tiempo sin ser mordido así que optó por lanzarla directamente a la boca del reptil. La detonación volatilizó la mitad central de su cuerpo haciendo caer con estrépito la sorprendida cabeza y la cola, que aún se agitaba.

– Repugnante.- murmuró Johnny pisando con cuidado para no mancharse sus botas de Panama Jack Edición Coleccionistas.

No tardó en llegar a un cofre semiabierto y que emitía un sugerente y lucrativo resplandor. Al abrirlo por completo aparecieron ante sus ojos monedas de oro, joyas, Bonos Alemanes y todo tipo de riquezas inimaginables. Por supuesto, el principal problema era cómo llevarse todo aquello, así que optó por atiborrar sus bolsillos con valiosas gemas, algo de oro y seleccionar alguna pieza que destacara por su belleza. Un amuleto de color rojo le llamó poderosamente la atención, y cuando lo tomó en sus manos aparecieron en su superficie unas letras extrañas que le cegaron con una súbita e intensa luz.

– “Babaliba”.- Leyó Johnny.- Qué palabreja tan rara.

Le dio la vuelta al amuleto y leyó lo que allí aparecía con una minúscula tipografía.

– “Todos los derechos reservados. Copyright Dinamic. Este amuleto ha sido fabricado en Audio 2, C/ Tembleque 78 28024 Madrid. Muy raro, ejemplar de coleccionista. No vender en Ebay”.

Se lo metió en el bolsillo pensando que realmente la gente estaba muy aburrida en ese palacio para ponerse a escribir semejantes monsergas en una joya de tal valor, así que dejó con todo el dolor de su corazón el resto del tesoro y partió sin pausa hacia los aposentos del palacio. Debía concentrarse en la mujer de turgentes pechos y rubios cabellos y salir de aquel lugar de una vez.

Nada más cruzar de nuevo la puerta, un grito femenino rasgó el aire, azotó sus oídos con su desgarrado dolor y de paso le pegó un susto de tres pares de cojones. Comenzó a correr hacia el origen del sonido y no tardó en llegar a una sala ovoide, quizá circular, tal vez elipsoidal, en la que una bella mujer con su rostro oculto con un velo yacía atada en una cama. A sus espaldas escuchó una voz.

– Pcht… Eh, amigo.

– Ya estamos otra vez.

– Date prisa.- apremió compungido el hombrecillo.- Los esbirros del Sultán no tardarán en aparecer de nuevo para infligir innombrables torturas a esta bella dama. ¡Desátala, rápido!

Johnny recordó lo que sucedió la última vez que intentó desatar a alguien, pero afortunadamente no tenía más granadas. Consiguió deshacer los nudos de las sogas que mantenían prisionera a la atractiva mujer de rostro oculto, pero antes de acabar su labor notó un intenso dolor en la espalda. El hombrecillo acababa de apuñalarle.

– ¡Ja,ja,ja! ¡Incauto!

Por supuesto, pensó Johnny demasiado tarde. Era ni más ni menos que el pérfido Sultán. La herida no parecía grave pero lo mantenía atontado en el suelo. La daga del hombrecillo volvía a subir con la intención de descender en el cráneo del aventurero, y no había tiempo de ninguna maniobra evasiva. No tenía escapatoria.

Johnny supo entonces qué hacer. Cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió el Sultán había reaparecido dos metros más a la derecha. Volvió a acercarse enfurecido y daga en mano de un ágil salto, pero Johnny volvió a cerrar y abrir los ojos varias veces, hasta que el Sultán reapareció en un lugar conveniente, atrapado entre un cojín y una trampa en el suelo. Sin percatarse de ello, el hombrecillo dio un paso hacia el lugar equivocado y cayó con estrépito. Johnny sólo tuvo tiempo de oír sus gritos mientras era devorado por los cocodrilos, al tiempo que una luz roja inundó toda la estancia. Una voz femenina bramó:

– “Este Palacio se autodestruirá en 60 segundos.”

– ¿Pero qué coño? ¡Esto es una aventura de Indiana Jones, no de James Bond!.- se quejó Johnny mientras tomaba en sus brazos a la mujer (de, efectivamente, muy turgentes pechos) y recorría todo el palacio a grandes zancadas. Los guardias, en estado de pánico, apenas les prestaron atención. Los cangrejos, a su vez, estaban demasiado ocupados consultando los planos de Evacuación de Incendios y poniéndose de acuerdo en cómo poner en marcha el Plan de Autoprotección.

Cuando Johnny acabó de cruzar todo el jardín recordando cada azulejo azul y cada maceta, llegó a la puerta de salida, que por supuesto estaba cerrada a cal y canto. Quizá el edificio no tenía Licencia de Funcionamiento, pero más tarde se ocuparía de ajustar cuentas con la alcaldesa regional. Ahora lo prioritario era salir de allí, y aquella puerta carecía de cerradura. En su superficie de madera estaban escritas unas simples palabras…

– ¡”Babaliba”! .- gritó Johnny sacando el amuleto. Éste brilló con fuerza y la puerta se abrió con un quejido seco. Estaba libre.

Caminaba por la arena del desierto con la mujer a una distancia ya prudente cuando el Palacio desapareció ante sus ojos con un “pufff” que poco tenía que ver con una explosión. Una autodestrucción mágica, sin duda. Revisó sus bolsillos y comprobó con alivio que aún seguían repletos de todo tipo de joyas de incalculable valor. A su lado, la mujer más bella que uno podía desear. Levantó el velo de su rostro para besarlo con pasión.

En el oasis, el hombre misterioso esperaba impaciente al aventurero. El kiosquero ya estaba afilando su cimitarra ante la expectativa de una fastuosa decapitación.

-¡Ah, allí está!

Johnny se acercaba corriendo con la mujer en brazos con la prestancia de un atleta, a una velocidad encomiable habida cuenta de todos los avatares que habría afrontado en el Palacio. Sin embargo, su hermano no iba con él. Cuando ya estaba llegando al kiosco, el hombre gritó:

– ¡Preparad las cimitarras, creo que nuestro amigo no ha cumplido su…!

Johnny arrojó a sus pies montones de joyas, diamantes y Participaciones Preferentes de Bankia, a la vez que soltaba a la mujer y caía en sus brazos. Sin más explicaciones, Johnny dio media vuelta y se alejó corriendo.

– ¡Os dejo todo! ¡El tesoro! ¡Y la mujer, de verdad, toda para vosotros! ¡Adiós! ¡Invitaría a un café pero voy petao! ¡Llego tarde a la pelu! ¡Chao!

La sorpresa era tal que apenas pudieron reaccionar. La visión del oro les hizo olvidarse del intrépido aventurero y centrarse en lo práctico. El hombre sonrió regocijado y dirigió la mirada a la bella mujer. Levantó su velo.

Johnny escuchó a lo lejos las voces aterrorizadas y los lamentos, Ya era tarde para que pudieran hacer nada. Se había librado de una buena.

– ¡Pero… esta tía es Belén Esteban! ¡Nooo! ¡NOOOOOOOO!

– ¡Mira, que no se quién eres pero te reviento la cara de una ostia! ¿Eh? ¿Mentiendes?

El sol se ponía ya tras las ardientes arenas. Otras muchas aventuras aguardaban a Johnny. El amuleto que había quedado en su bolsillo prometía tomarse su cumplida venganza propia. La carne del aventurero se tornaba rojiza y su cuerpo empezaba a menguar, pero nada de esto notaba él. Disfrutaba de su libertad, y nada más importaba.

Más información:EMS
Firma: Jesús Martínez del Vas

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Jesús Martínez del Vas (1973) es Arquitecto, Dibujante y una de las personas que más sabe del Spectrum. Nos ilustra con su arte y sus conocimientos tanto en la web, con interesantísimos artículos, como en el Podcast con sus charlas que nunca querrías que terminaran. También es un ávido coleccionista que cuenta con uno de los más completos catálogos de cintas de Spectrum en nuestro país. Responde al nick JMV, vive en Madrid y lo encontraréis por aquí casi seguro junto a un lápiz y un cassette.

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2 comentarios

  1. Grande y delirante relato!. 😀

    Al final me ha parecido un pelín cruel, porque a nadie se le puede gastar la guarrada de dejarle en prenda a la Esteban…

    Ya sabe todo el mundo que tengo especial cariño a este gran juego de Dinamic y a su hermano mayor, Saimazoom. Lo he jugado casi tantas veces como he jugado al Bruce Lee. Y lo he terminado muchas. Tantas, que prácticamente me sé el mapeado de memoria.

    Todos mis recuerdos para él, son entrañables. No destaca especialmente en nada, pero tiene una jugabilidad que, ni es desesperante, ni es demasiado fácil.Te garantiza un ratito de diversión cada vez que lo juegas. Calidad garantizada.

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